Érase
una vez, un tiempo en el que vivíamos en un castillo (o una villa,
lo que prefieras), vivíamos personas y no personas bajo el mismo
techo en armonía (a veces).
La
entrada estaba bien protegida por una reja que para abrirla y
cerrarla había que emplear la fuerza, tenia plantas (algunas
adquiridas ilegalmente) y como toda buena entrada un buzón, que no
servía para nada.
La
puerta de entrada era de cristal, importado de vete tu a saber donde,
que dejaba pasar toda la luz del día, y por si molestaba teníamos
una cortina de hilo fino.
Este
castillo/villa tenía una peculiaridad, los objetos cumplían su
función habitual pero muchas más, es decir, eran objetos de doble o
triple uso.
Nada
más entrar estaba el salón donde, siempre tranquila, nos esperaba
Doria, dispuesta a toda hora a comer cualquier cosa que le dieras.
Tenía la extraña costumbre de irse de juerga por la noche, y luego
para buscarla en semejante casa era toda una odisea.
A
su lado, la mecedora-perchero (primer ejemplo de objetos de doble
uso). Pocas veces se usó como mecedora, pero de perchero hizo hasta
que nos fuimos. Seguidamente, una estanteria-armario, lo mismo había
libros que secadores y planchas del pelo, maquillaje, colonias,
ordenadores...
Para
completar el salón, había un sofá-cama-objetos perdidos (triple
uso). Era azul, a conjunto con el comedor, y guardaba un colchón
para las visitas. Lo de objetos perdidos es porque todo lo que no
encontraras en su sitio, extrañamente estaba ahí. A su lado, las
escaleras que subían a mis aposentos.
Cuando
dejabas el salón, te encontrabas con una habitación y un baño. La
habitación la describiré brevemente por respetar la intimidad de
sus ocupantes, en el centro una gran cama de colcha de leopardo o
flores, según la época, y las paredes decoradas por pañuelos de
seda y cuadros caros.
El
baño estaba recubierto de mármol beige, era enorme, cabían cuatro
personas haciendo actividades diferentes sin molestarse a penas. Las
cortinas de la ducha estaban tejidas a mano en China.
Uno
de mis sitios favoritos del castillo/villa era el comedor. Sillas y
mesa de madera marrón, manteles tejidos en el mismo sitio que las
cortinas de baño, dos grandes despensas que contenían la vajilla
fina y las delicatessen con las que nos alimentábamos.
Los
mejores momentos los vivimos ahí, entre esas paredes color cielo y
olor a cebolla, ajo y cerveza. Parece asqueroso, pero vosotras que
vivisteis allí sabéis que no lo era.
De
la cocina no voy a hablar, solo diré que era igual de grande que el
baño, y yo personalmente la frecuentaba poco.
Mis
aposentos eran de suelo de madera y techos altos, ventanales que
dejaban pasar la luz y el aire, y un armario gigante, con su zapatero
correspondiente.
Este
sí era mi lugar favorito.
Del
resto del castillo y de la vida en el no voy ha hablaros hoy, más
que nada porque conocéis la historia, y sino ya la iréis
descubriendo...
Cada una siempre guardará un pequeño trocito de ese castillo/villa en sus corazones, siempre, por mucho que el tiempo quiera y deba pasar...
ResponderEliminarSe te olvidó comentar que fue un lugar mágico, donde el destino brindó una gran amistad a los huespedes que lo habitaban.