sábado, 4 de febrero de 2012

Una gran ironía


Érase una vez, un tiempo en el que vivíamos en un castillo (o una villa, lo que prefieras), vivíamos personas y no personas bajo el mismo techo en armonía (a veces).

La entrada estaba bien protegida por una reja que para abrirla y cerrarla había que emplear la fuerza, tenia plantas (algunas adquiridas ilegalmente) y como toda buena entrada un buzón, que no servía para nada.
La puerta de entrada era de cristal, importado de vete tu a saber donde, que dejaba pasar toda la luz del día, y por si molestaba teníamos una cortina de hilo fino.
Este castillo/villa tenía una peculiaridad, los objetos cumplían su función habitual pero muchas más, es decir, eran objetos de doble o triple uso.
Nada más entrar estaba el salón donde, siempre tranquila, nos esperaba Doria, dispuesta a toda hora a comer cualquier cosa que le dieras. Tenía la extraña costumbre de irse de juerga por la noche, y luego para buscarla en semejante casa era toda una odisea.

A su lado, la mecedora-perchero (primer ejemplo de objetos de doble uso). Pocas veces se usó como mecedora, pero de perchero hizo hasta que nos fuimos. Seguidamente, una estanteria-armario, lo mismo había libros que secadores y planchas del pelo, maquillaje, colonias, ordenadores...
Para completar el salón, había un sofá-cama-objetos perdidos (triple uso). Era azul, a conjunto con el comedor, y guardaba un colchón para las visitas. Lo de objetos perdidos es porque todo lo que no encontraras en su sitio, extrañamente estaba ahí. A su lado, las escaleras que subían a mis aposentos.

Cuando dejabas el salón, te encontrabas con una habitación y un baño. La habitación la describiré brevemente por respetar la intimidad de sus ocupantes, en el centro una gran cama de colcha de leopardo o flores, según la época, y las paredes decoradas por pañuelos de seda y cuadros caros.
El baño estaba recubierto de mármol beige, era enorme, cabían cuatro personas haciendo actividades diferentes sin molestarse a penas. Las cortinas de la ducha estaban tejidas a mano en China.
Uno de mis sitios favoritos del castillo/villa era el comedor. Sillas y mesa de madera marrón, manteles tejidos en el mismo sitio que las cortinas de baño, dos grandes despensas que contenían la vajilla fina y las delicatessen con las que nos alimentábamos.
Los mejores momentos los vivimos ahí, entre esas paredes color cielo y olor a cebolla, ajo y cerveza. Parece asqueroso, pero vosotras que vivisteis allí sabéis que no lo era.
De la cocina no voy a hablar, solo diré que era igual de grande que el baño, y yo personalmente la frecuentaba poco.

Mis aposentos eran de suelo de madera y techos altos, ventanales que dejaban pasar la luz y el aire, y un armario gigante, con su zapatero correspondiente.
Este sí era mi lugar favorito.

Del resto del castillo y de la vida en el no voy ha hablaros hoy, más que nada porque conocéis la historia, y sino ya la iréis descubriendo...

1 comentario:

  1. Cada una siempre guardará un pequeño trocito de ese castillo/villa en sus corazones, siempre, por mucho que el tiempo quiera y deba pasar...
    Se te olvidó comentar que fue un lugar mágico, donde el destino brindó una gran amistad a los huespedes que lo habitaban.

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